La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ay! ¡Yo no querÃa hacer ningún daño, le doy mi palabra de honor! —gritó la pequeña criada, defendiéndose como si fuera mucho mayor—. ¡Se vive con tanta tristeza ahà abajo! ¡Por favor, no diga que me ha visto, no diga nada!
—¡Decir que te he visto! —exclamó Dick—. Quieres decir que mirabas por el ojo de la cerradura simplemente porque buscabas compañÃa, ¿no?
—SÃ, le doy mi palabra de que ha sido asà —contestó la pequeña criada.
—¿Cuánto tiempo hace que te congelas el ojo mirando por esa cerradura? —preguntó Dick.
—¡Oh! Desde que empezó usted a jugar a las cartas. Bueno…, antes.
El señor Swiveller recordó vagamente algunos ejercicios fantásticos a los que se habÃa entregado después de la jornada de trabajo, de todos los cuales, no cabÃa duda, la pequeña criada habÃa sido testigo; pero, en vez de enfadarse, decidió no perder la compostura.
—Bueno, entra —la invitó tras reflexionar unos instantes—. AquÃ, siéntate aquÃ; te enseñaré a jugar.
—¡Oh, no me atrevo! —replicó la pequeña criada—. La señorita Sally me matarÃa si se enterara de que he subido aquÃ.
—¿Tienes chimenea ahà abajo? —preguntó Dick.