La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Una muy pequeña —respondió la pequeña criada.
—La señorita Sally no podrÃa matarme a mà si se enterara de que he bajado al sótano; asà que bajaré —decidió Richard mientras se metÃa las cartas en el bolsillo—. ¡Caramba, qué delgada estás! ¿Cómo es eso?
—No es por mi culpa.
—¿Te apetece comer algo de pan y de carne? —preguntó Dick, cogiendo el sombrero—. ¿S� ¡Bien! Lo imaginaba. ¿No has probado nunca la cerveza?
—Tomé un sorbito una vez —respondió la pequeña criada.
—¡Qué situación tan extraña! —exclamó el señor Swiveller, levantando los ojos al techo—. Nunca la has probado, pues no se puede tomar sólo un sorbito. Dime, ¿cuántos años tienes?
—No lo sé.
El señor Swiveller abrió los ojos como platos y permaneció unos instantes meditando. Después, pidió a la niña que vigilara la puerta hasta su vuelta y desapareció.