La tienda de antiguedades

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Volvió al poco tiempo seguido del chico de la taberna, que traía en una mano un plato con pan y rosbif y en la otra una gran jarra llena de una mezcla que olía muy bien y despedía unos vapores muy agradables; era un ponche de cerveza exquisito, hecho según una receta especial que el señor Swiveller le había revelado al tabernero, en la época en que figuraba en la lista de sus deudores y deseaba granjearse su amistad. El señor Swiveller aligeró al mozo de la carga en la puerta y le dijo a su pequeña compañera que la bajara deprisa a la cocina para evitar sorpresas, que él iría detrás.

—¡Ahí tienes! —indicó Richard, una vez en la cocina, poniendo la comida delante de la pequeña criada—. Acaba primero con esto, y luego probarás lo otro.

La pequeña criada no necesitó de una segunda orden, y el plato quedó pronto vacío.

—Y ahora —la invitó Dick, pasándole el ponche—, toma un trago de esto, pero con moderación, ya sabes, pues no estás acostumbrada. ¿Qué, te gusta?

—¡Oh, vaya que si me gusta! —exclamó la pequeña criada.


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