La tienda de antiguedades

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El señor Swiveller, sumamente satisfecho con la contestación, tomó un largo trago sin dejar de mirar a su compañera al mismo tiempo. Concluidos estos preliminares, se dispuso a enseñarle a jugar a las cartas, cosa que ella aprendió muy deprisa, pues era una joven lista y astuta.

—Y ahora —declaró el señor Swiveller después de colocar dos monedas de seis peniques en un platillo, de despabilar la vela mortecina y de cortar y repartir las cartas—, este es el palo. Si tú ganas, te lo llevas todo; si yo gano, me lo llevo yo. El juego parece así más real y más agradable. A partir de ahora te llamaré marquesa, ¿de acuerdo?

La pequeña criada asintió con la cabeza.

—Bien, marquesa —dijo el señor Swiveller—. Echa una carta.

La marquesa, con las cartas bien sujetas en la mano, dudó un momento sobre cuál echar mientras el señor Swiveller, con el aire jovial y elegante que se esperaba de él, procedía a tomar otro buen trago.


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