La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Qué estará tramando; me gustarÃa saberlo —murmuró el abogado de puntillas, esforzándose por captar un vislumbre de lo que ocurrÃa dentro, algo que a aquella distancia resultaba imposible—. Bebiendo, supongo, volviéndose más feroz y furioso de lo que es y llevando su redomada malicia al punto de ebullición. No me gusta venir aquà solo cuando su nivel etÃlico alcanza altas cotas. No creo que le importara más estrangularme y arrojarme sigilosamente al rÃo con la marea alta que matar a una rata. Seguro que hasta se lo tomaba a guasa. ¿Eh? ¡Parece que está cantando!.
En efecto, el señor Quilp se hallaba entreteniéndose con un ejercicio vocal y, más que cantar una canción, estaba canturreando o recitando: la monótona repetición de una frase con un acento especial en la última palabra, que inflaba de manera horrÃsona. El canturreo no hacÃa referencia al amor, a la guerra, al vino, a la lealtad ni a ninguno de los demás temas habituales de las canciones, sino a otro raras veces puesto en música y muy poco corriente en las baladas. La letra era la siguiente: «El señor magistrado, al ver que al preso le resultará muy difÃcil convencer al jurado de la verdad de su versión, ha decidido que comparezca ante el juez en fecha próxima y ha solicitado que se agilicen los trámites pertinentes con vistas al en-jui-cia-mien-to».