La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al abogado de la acusación le tocó hablar primero; como estaba de un humor terriblemente bueno (pues en el juicio anterior casi había conseguido la absolución de un joven caballero que había tenido la desgracia de asesinar a su padre), habló con un tono de voz muy elevado e hizo saber al jurado que si absolvía al acusado, corría el riesgo de padecer no menos tormentos y remordimientos que los que habría padecido el otro jurado si hubiera condenado al otro acusado. Y una vez que hubo expuesto todos los particulares sobre el caso, y afirmado que nunca había conocido un caso peor, marcó una pausa, como quien tiene algo terrible que contar, y aseveró que entendía que su honorable colega (y aquí miró de reojo al defensor de Kit) intentara invalidar el testimonio de los inmaculados testigos a los que él citaría ante el tribunal, pero que esperaba y confiaba en que su honorable colega mostrara el mayor respeto y veneración por la parte ofendida, pues, como bien sabía, no existía, y nunca había existido, un miembro más honorable de la venerable profesión a la que él pertenecía, que dicha parte ofendida. Acto seguido, preguntó al jurado si conocía Bevis Marks y afirmó que, como sin duda conocía Bevis Marks (habida cuenta de las cualidades que adornaban a tan distinguido jurado) conocería también el meritorio historial de tan notabilísimo lugar. ¿Era posible que creyeran que un hombre como Brass podía residir en un lugar como Bevis Marks y no ser un abogado virtuoso y sumamente recto? Y, dichas unas cuantas cosas más a este respecto, agregó que era un insulto a su entendimiento seguir insistiendo en algo que los miembros del jurado creían con tanta convicción y que por lo tanto pedía al propio Sampson Brass que subiera al estrado de los testigos.