La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Brass acude enérgico y vivaz y, tras hacer una reverencia al juez, a quien mira como quien ha tenido la ocasión y el placer de conocerlo y le desea que siga con buena salud desde su última entrevista, se cruza de brazos y mira a su abogado como diciendo: «Aquí estoy, rebosante de pruebas. No tienes más que abrir la espita». Y su abogado abre la espita, con suma discreción, y saca varias pruebas y las exhibe claras y luminosas a la vista de todos los presentes. El defensor de Kit lo interroga después, pero no saca provecho alguno para su causa; y, tras muchas preguntas prolijas y muchas respuestas breves, el señor Sampson Brass baja del estrado rodeado de una aureola de gloria.
Le sucede Sarah, la cual se entiende asimismo muy bien con el abogado del señor Brass, pero se muestra particularmente arisca con el de Kit; así, este no puede sacarle nada más que la repetición de lo que ya ha dicho antes (sólo que un poco más fuerte esta vez, pues se trata de la parte contraria) y, un tanto confuso, la deja marchar. A continuación, el abogado del señor Brass llama a Richard Swiveller, quien se presenta al punto.