La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Ahora bien, al abogado del señor Brass le han susurrado al oÃdo que puede que este testigo se muestre algo amigable con el acusado, lo que, a decir verdad, a él le parece muy bien, pues confÃa en sus artes para no dejar respirar al testigo, como se suele decir. Por lo cual, empieza pidiendo al ujier que se asegure de que el testigo besa el libro y a continuación se aplica a interrogarlo con uñas y dientes.
—Señor Swiveller —interpela a Dick cuando este ya ha dado su versión con evidente renuencia y el deseo de atenuar el delito en lo posible—, ¿quiere decirme, señor, dónde almorzó usted ayer?
—¿Que dónde almorcé ayer?
—SÃ, señor, ¿dónde almorzó usted ayer? ¿Fue cerca de aquÃ, señor?
—Ah, pues a decir verdad, sÃ, ahà enfrente.
—A decir verdad, sÃ, ahà enfrente —repite el abogado del señor Brass, mirando al tribunal—. ¿Solo, señor?
—¿Cómo dice? —pregunta el señor Swiveller, que no ha entendido la pregunta.
—¿Solo, señor? —repite el abogado del señor Brass con voz airada—. ¿Almorzó solo? ¿Invitó a alguien, señor? ¡Vamos!
—Ah, claro, ciertamente —responde el señor Swiveller con una sonrisa.