La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Tenga la bondad de dejarse de frivolidades, señor, algo muy poco indicado habida cuenta del lugar en el que se encuentra (aunque tal vez tenga usted motivos para alegrarse de encontrarse en el estrado de los testigos) —espeta el abogado del señor Brass con un asentimiento de la cabeza como insinuando que el banquillo de los acusados serÃa el lugar más apropiado para el señor Swiveller—, y présteme atención. Usted andaba merodeando por aquà ayer, esperando que este juicio se celebrara. Usted almorzó cerca de aquÃ. Usted invitó a alguien. Y dÃgame, ¿era ese alguien por casualidad hermano del preso aquà presente?
El señor Swiveller se dispone a explicar.
—¡Sà o no, señor! —grita el abogado del señor Brass.
—Pero ¿quiere dejarme…?
—¿Sà o no, señor?
—SÃ, pero…
—¡SÃ, pero…! —grita el caballero, interrumpiéndolo bruscamente—. ¡Valiente testigo que es usted!