La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Y, sin una palabra más, el abogado del señor Brass vuelve a su asiento. El abogado de Kit, que no sabe muy bien de qué se ha estado hablando realmente, tiene miedo de continuar con este tema, y Richard Swiveller se retira, aturdido. Juez, jurado y público se lo imaginan de parranda acompañado de un individuo de mala catadura, bigotes grandes, casi dos metros de alto. La realidad es que se trata del pequeño Jacob, con las pantorrillas al aire, envuelto en una manta. Nadie conoce la verdad, todo el mundo cree que se trata de una falsedad, y todo a causa de la habilidad del abogado del señor Brass.
Es el turno de los testigos de descargo, y aquà el abogado del señor Brass vuelve a brillar. Resulta que el señor Garland habÃa contratado a Kit sin tener ninguna otra referencia, ninguna otra recomendación, que la de su propia madre, y que el inculpado habÃa sido despedido repentinamente por su anterior amo por motivos desconocidos.
—Realmente, señor Garland —le reconviene el abogado del señor Brass—, para ser alguien de su edad, es usted, lo menos que se puede decir, un tanto imprudente, me parece a mÃ.