La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al jurado le parece también lo mismo, por lo que declara a Kit culpable. Y este es sacado de la sala defendiendo humildemente su inocencia. El público se sienta con renovada atención, pues hay varios testigos de la parte contraria que van a ser interrogados en la siguiente causa, y se rumorea que el abogado del señor Brass va a divertirse mucho interrogándolos.
La madre de Kit, pobre mujer, espera junto al enrejado de la sala de visitas acompañada por la madre de Bárbara (la cual, alma bendita, no hace otra cosa que llorar con el bebé en brazos), y se produce un triste diálogo. El carcelero que lee el periódico les cuenta todo; pero no cree que Kit sea deportado de por vida, pues aún queda tiempo para probar su buena conducta anterior, lo que seguro va a ayudarle. Se pregunta por qué lo hizo.
—¡No lo hizo! —grita la madre de Kit.
—Bueno —decreta el otro—. No voy a contradecirla; pero, lo hiciera o no, ahora ya da igual.
La madre de Kit alcanza a tocar la mano, de este a través de los barrotes (¡con qué desconsuelo sólo lo saben Dios y aquellos hacia quienes él ha mostrado también ternura!). Kit le pide que se mantenga fuerte y, mientras ella levanta a los niños para que le den un beso, le ruega a la madre de Bárbara con un susurro que la lleve a casa.