La tienda de antiguedades

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—Alguna persona amiga saldrá en nuestra defensa, madre —profiere Kit—. Estoy seguro. Si no ahora, dentro de poco. Mi inocencia quedará probada, madre, y volveré a ser libre. Tengo plena confianza. Usted debe contarle al pequeño Jacob y al bebé cómo ha sido todo, pues si me enterara de que, cuando sean lo bastante mayores para entender, piensan que yo he sido alguna vez poco honrado, se me romperá el corazón, aunque me encuentre a dos mil kilómetros de aquí… ¡Eh! ¿Es que no hay aquí ninguna buena persona que la pueda socorrer?

La mano se ha soltado de la de Kit, y la pobre mujer cae al suelo sin conocimiento. Richard Swiveller acude rápidamente, aparta a los curiosos, la coge (no sin dificultad) con un brazo, a la manera de un rapto teatral y, asintiendo con la cabeza a Kit y pidiendo a la madre de Bárbara que le siga, pues tiene un coche esperando, se la lleva rápidamente.

Richard la llevó a casa. ¡Qué cosas tan sorprendentemente absurdas contenía la canción y el poema que recitó en el camino! Nadie lo oyó. La llevó a casa, donde él se quedó hasta que la mujer recobró el conocimiento y, dado que no tenía dinero para pagar el coche, se digirió pomposamente a Bevis Marks, donde pidió al cochero (pues era sábado por la noche) que esperara a la puerta mientras iba por «cambio».


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