La tienda de antiguedades

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—¡Hombre, el señor Richard! —exclamó Brass alegremente—. ¡Buenas noches!

Si al señor Richard le había parecido monstruoso el caso de Kit al principio, aquella noche empezó a sospechar que su afable patrón había cometido una espantosa villanía. Tal vez lo que infundió en aquel joven de carácter algo inconstante dicho sentimiento fue la triste escena que acababa de presenciar; sea como fuere, lo cierto es que fue un sentimiento muy fuerte, que le hizo decir con el menor número de palabras posible lo que quería.

—¿Dinero? —exclamó Brass, sacando su bolsa—. ¡Ja, ja! Sin duda, señor Richard, sin duda, señor. Todos los hombres tenemos derecho a vivir. No tendrá usted cambio de un billete de cinco libras, ¿verdad que no, señor?

—No —respondió Dick secamente.

—¡Ah! —dijo Brass—. Aquí tiene la suma exacta. Esto nos ahorra ulteriores engorros. Usted es siempre bienvenido en esta casa, ya lo sabe… ¡Señor Richard, señor…!

Dick, que en aquel momento ya estaba en la puerta, se dio media vuelta.

—… No tiene usted necesidad —prosiguió Brass— de molestarse en volver, señor.

—¿Cómo?


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