La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ya ve, señor Richard —explicó Brass con las manos en los bolsillos mientras se mecÃa de un lado a otro en su taburete—. El hecho es, señor, que un hombre de sus capacidades está perdido, completamente perdido en una profesión tan árida y enmohecida como la nuestra. Es un trabajo muy aburrido, terrible, enervante. Yo dirÃa, si me lo permite, que el teatro o el ejército, señor Richard, o un puesto superior en el comercio de la alimentación serÃa el tipo de empleo que pide a gritos un talento como el suyo. Espero, no obstante, que venga a vernos de vez en cuando. Sally estará encantada, señor, estoy seguro. Ella lamenta extremadamente perderle, señor Richard, pero su sentido del deber para con la sociedad la hace conformarse y resignarse. ¡Qué criatura tan increÃble, señor! Como puede ver, se le ha pagado todo el dinero. Hay una ventana rota, señor, pero no la he deducido de la suma global. Siempre que nos despidamos de nuestros amigos, señor Richard, mostremos liberalidad. ¡Sentimiento delicioso y virtud deliciosa, señor!