La tienda de antiguedades

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A toda esta serie de divagaciones el señor Swiveller no contestó palabra alguna; recogió la chaqueta de marinero y la enrolló a modo de pelota mientras miraba fijamente a Brass, como reprimiendo el deseo de arrojársela a la cara. Se limitó a llevarla bajo el brazo y salió del despacho en completo silencio. Cerrada ya la puerta, la reabrió, volvió a mirar unos momentos con la misma portentosa gravedad y, asintiendo con la cabeza una vez, de manera lenta, fantasmagórica, desapareció.

Pagó al cochero y dio la espalda a Bevis Marks, lleno de grandes proyectos a favor de Kit y de su madre.

Pero la existencia de caballeros como Richard Swiveller, dedicados a la vida placentera, suele ser sumamente precaria. La excitación espiritual de las dos últimas semanas, unida en no pequeño grado a los excesos etílicos de los últimos años, resultó excesiva para él. Aquella misma noche, el señor Richard cayó gravemente enfermo y veinticuatro horas después todavía seguía delirando.





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