La tienda de antiguedades

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Divisó la silueta del señor Chuckster detrás de la tapa levantada de su mesa, preparándose para poner punto y final a la jornada (lo vio bajarse los puños, subirse el cuello, ajustarse coqueto la corbata y atusarse sigilosamente el bigote con la ayuda de un trozo de espejo triangular). Ante las cenizas del fuego estaban de pie dos caballeros, uno de los cuales debía de ser el notario y el otro (que se estaba abotonando el abrigo y parecía a punto de irse), el señor Abel Garland.

Realizadas estas observaciones, la pequeña espía juzgó más prudente esperar fuera hasta que saliese el señor Abel, pues en la calle no sería escuchada por el señor Chuckster y le resultaría más fácil transmitir el mensaje. Con tal propósito, bajó de nuevo los escalones y, atravesando la calle, se sentó en los de la casa de enfrente.








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