La tienda de antiguedades

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Al poco de sentarse, vio que se acercaba un poni por el extremo de la calle con las patas zigzagueando y la cabeza bamboleándose. El poni tiraba de un pequeño faetón montado por un hombre; pero ni el hombre ni el faetón parecían incomodar lo más mínimo al animal, pues tan pronto levantaba las patas delanteras como se detenía o seguía trotando o volvía a pararse o echaba marcha atrás o se iba de lado a lado… sin prestarles la menor atención; sólo obedecía a su propia fantasía, como si fuera el animal más libre de la Creación. Llegado el carruaje ante la puerta del notario, el hombre gritó de una manera muy respetuosa: «¡So, párate aquí!», dando a entender que si expresaba un deseo, no sería otro que el de detenerse allí mismo. El poni se detuvo unos instantes; pero, como si se le hubiera ocurrido de repente que detenerse cuando se le pedía podría sentar un precedente incómodo y peligroso, salió disparado hasta la siguiente esquina, dio media vuelta, volvió y se detuvo por voluntad propia.

—¡Oh, qué precioso animal! —exclamó el hombre, sin atreverse a describir al poni con las palabras que le habría gustado emplear hasta no hallarse a salvo, con un pie en tierra—. ¡Ojalá pudiera darte tu merecido!

—¿Qué ha pasado? —preguntó el señor Abel, enrollándose una bufanda al cuello mientras bajaba los escalones.


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