La tienda de antiguedades

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—Este animal puede volver loco al más paciente de los hombres —respondió el mozo de cuadra—. Es el animal más bribón y más salvaje que he visto en mi vida. ¡Sooo! ¿Quieres estarte quieto?

—No se calmará si lo insulta —advirtió el señor Abel, montando y empuñando las riendas—. Es muy manso si se le sabe tratar. Esta mañana ha sido la primera vez que ha salido desde hace tiempo, pues no está el que solía llevarlo y no le gusta que lo lleve ninguna otra persona. Los faroles están listos, ¿no? Bien. Procure estar aquí mañana a la misma hora para ocuparse del poni, por favor. ¡Buenas noches!

Tras un par de cabriolas de su propia invención, el poni se plegó a las amables órdenes del señor Abel y salió trotando suavemente.

Como durante todo este tiempo el señor Chuckster había estado en la puerta, la pequeña criada no quiso acercarse. Así pues, decidió salir corriendo detrás del calesín y gritarle al señor Abel que se detuviera. Casi sin aliento, logró acercarse, pero sin hacerse oír. La situación era desesperada, pues el poni empezó a acelerar el paso. La marquesa siguió corriendo otro poco, pero, sintiendo que le flaqueaban las fuerzas, con un esfuerzo supremo consiguió encaramarse al asiento trasero, perdiendo para siempre en esta acción uno de los zapatos.


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