La tienda de antiguedades

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El señor Abel, completamente enfrascado en sus reflexiones y preocupado por mantener controlado al poni, no miró a ninguno de los lados y, por tanto, no reparó en que llevaba a una persona sentada junto a él hasta que la marquesa, después de recuperarse un poco de la terrible carrera, de la pérdida del zapato y de lo insólito de la situación, le dijo al oído:

—Disculpe, señor…

El señor Abel volvió la cabeza rápidamente y, tras detener al poni, gritó, visiblemente asustado:

—¡Cielo santo, qué es esto!

—No se asuste, señor —pidió la mensajera, aún jadeante—. ¡Oh, he corrido tanto detrás de usted!

—¿Qué quieres de mí? —preguntó el señor Abel—. ¿Cómo es que estás aquí?

—He subido por detrás —contestó la, marquesa—. ¡Oh, por favor, siga avanzando, señor, no se pare, y diríjase a la City, por favor! Y cuanto antes, mejor, pues el asunto es muy urgente. Hay alguien allí que quiere verlo. Me ha mandado para que le pida que vaya allí inmediatamente, ya que conoce toda la verdad sobre Kit y podría salvarlo y demostrar su inocencia.

—¿Qué dices, niña?

—Lo que oye, le doy mi palabra de honor. Pero, por favor, no se detenga. Vaya deprisa, por favor. He perdido mucho tiempo, y él va a pensar que me he extraviado.


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