La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Abel instó involuntariamente al poni a que acelerara la marcha, y este, como impelido por alguna secreta simpatía o algún nuevo antojo, salió disparado a toda galope y no aflojó el ritmo ni se entregó a ninguna fantasía pasajera hasta que no llegaron a la puerta de la casa donde se alojaba el señor Swiveller, donde, oh, maravilla, se detuvo al instante cuando el señor Abel se lo ordenó.

—Es la habitación de ahí arriba —le informó la marquesa, señalando una ventana de donde salía una débil luz—. ¡Vamos, deprisa!
El señor Abel, que era un hombre sumamente tranquilo y retraído, y además muy tímido, vaciló unos instantes, pues había oído hablar de personas que eran engañadas y conducidas a lugares donde las robaban o asesinaban en circunstancias muy parecidas a aquellas y, por lo que podía barruntar, por guías similares a la marquesa. Pero el aprecio que le tenía a Kit venció todas estas consideraciones y, tras confiar a Whisker al cuidado de un hombre que parecía buscar ese tipo de trabajo, dejó que su compañera lo cogiera de la mano y lo guiara hasta arriba por aquellas escaleras oscuras y estrechas.
Se asombró no poco al encontrarse en una habitación escasamente iluminada, donde había un hombre durmiendo en la cama.