La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Qué alegrÃa me da verlo dormir tan tranquilo! —le susurró su guÃa—. ¡Ah, si lo hubiera visto hace tan sólo dos o tres dÃas!
El señor Abel no contestó a aquel comentario y se mantuvo lo más alejado de la cama y lo más cerca de la puerta que pudo. Su guÃa se dio cuenta enseguida de su reserva y aprestó la vela; al acercarse a la cama con esta en la mano, el enfermo se despertó sobresaltado y el señor Abel reconoció en su cara estragada los rasgos de Richard Swiveller.
—Pero ¿qué veo? —exclamó el señor Abel, acercándose rápidamente a la cama—. ¿Ha estado usted enfermo?
—Muy enfermo —respondió Dick—. Y no me he muerto de milagro. Eso habrÃa podido oÃr usted (que el Richard que ve aquà yacÃa en su féretro) de no haber sido por esta amiga que he mandado en su busca. Dame la mano otra vez, marquesa, por favor. Tome asiento, señor Garland.
El señor Abel, no poco asombrado al oÃr que su guÃa ostentaba un tÃtulo nobiliario, tomó asiento junto a la cama.
—He mandado avisarle, señor —empezó Dick—, pero ¿le ha dicho ella por qué?
—SÃ. Estoy completamente aturdido con todo esto. Realmente, no sé qué decir ni qué pensar —respondió el señor Abel.