La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Lo sabrá ahora mismo —repuso Dick—. Marquesa, siéntate al pie de la cama, ¿quieres? Y cuéntale ahora a este caballero todo lo que me has contado a mÃ, con pelos y señales. Y usted, señor, no la interrumpa, por favor.
La marquesa contó todo exactamente igual que antes, sin omitir ni añadir detalle alguno. Richard Swiveller, que durante la narración mantuvo los ojos fijos en su visitante, concluida esta volvió a tomar la palabra:
—Ya ha oÃdo el relato, un relato que no creo que pueda olvidar. Yo me encuentro demasiado mareado y débil para sugerir nada a nadie; pero usted y sus amigos sabrán sin duda qué hacer. Habida cuenta del retraso que llevamos, cada minuto cuenta por un siglo. Señor, si alguna vez en su vida ha vuelto a casa muy deprisa, hágalo igual esta noche. No pierda tiempo en decirme nada; márchese cuanto antes. A ella la encontrará aquÃ, si la necesita para algo; y en cuanto a mÃ, esté seguro de encontrarme aquà también, al menos durante un par de semanas. Por desgracia, hay muchos motivos para ello. ¡Marquesa, una vela! Si pierde un minuto más mirándome, señor, ¡no se lo perdonaré nunca!
El señor Abel no necesitó de más reproches ni de más palabras persuasivas y se marchó al instante. La marquesa lo acompañó para alumbrarlo hasta la puerta. Al volver, anunció que el poni no habÃa puesto ninguna objeción y que habÃa salido disparado a todo galope.