La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Eso está bien! —exclamó Dick—. Tiene un buen corazón; se lo tendré en cuenta a partir de ahora. Pero, marquesa, toma algo de cena y una jarra de cerveza, pues estoy seguro de que estás muy cansada. SÃ, toma una jarra de cerveza. Ver cómo te la tomas me producirá el mismo placer que si me la tomara yo mismo.
Aquellas palabras bastaron para convencer a la pequeña enfermera de que podÃa concederse dicho lujo. Después de comer y beber, para gran contento del señor Swiveller, de darle a este su bebida y de poner todo en orden, se echó una manta vieja a la espalda y se sentó sobre la alfombra junto al fuego.
Poco después, el señor Swiveller murmuraba mientras dormÃa: «Pétalos de flores sobre tu cama, donde yaceremos hasta mañana. ¡Buenas noches, marquesa!».