La tienda de antiguedades

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No llevaba sombrero, sino una especie de turbante que, en alguna época pasada, había llevado la propia Sally Brass, cuyo gusto por los tocados era, como hemos visto, un tanto peculiar; asimismo, su velocidad se vio más retardada que coadyuvada por los zapatos, unos zuecos que se le salían constantemente y resultaban difíciles de encontrar entre la multitud de transeúntes. Así, la pobre criatura sufrió tanto retraso por tener que buscar estas prendas entre el fango y los arroyos (y se vio en esta búsqueda tan zarandeada, empujada, apretujada y llevada de mano en mano) que cuando llegó a la calle del notario estaba cansada hasta el grado del agotamiento y no pudo reprimir un torrente de lágrimas.

Pero haber llegado allí era ya un gran consuelo, especialmente cuando vio luz en la ventana del despacho, lo que alimentó su esperanza de no haber llegado demasiado tarde. La marquesa se secó los ojos con el dorso de ambas manos, subió los escalones con suma cautela y miró por el cristal de la puerta.






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