Oliver Twist
Oliver Twist Aunque harto que hacer tenía Oliver con no perder de vista a su guía, no pudo menos de dirigir algunas miradas a uno y otro lado del camino que recorrían, observando que en los días de su vida había visto lugares más sucios y desolados. La calle era angosta y fangosa y la atmósfera estaba saturada de fétidas emanaciones. No escaseaban las tiendecillas, aunque parecía que los artículos únicos en venta eran montones de chiquillos, mercancías que, no obstante lo intempestivo de la hora, corrían y se arrastraban dentro y fuera de las casas o bien alborotaban y chillaban en el interior de las mismas. Las únicas casas que ofrecían aspecto adecentado en medio de aquella miseria general eran las tabernas, donde la hez del pueblo, de la especie humana, disputaba ruidosamente. Callejuelas y patios que de tanto en tanto desembocaban en la calle principal ofrecían grupo de viviendas donde hombres borrachos y mujeres viciosas se revolcaban descaradamente en el cieno más inmundo, y de varias puertas salían individuos de aspecto poco recomendable que, a juzgar por sus movimientos cautelosos, debían abrigar propósitos que nada tenían de inocentes.
En escapar, más que en otra cosa, estaba pensando Oliver, cuando llegaron al pie de la colina donde su guía, cogiéndole por un brazo, empujó una puerta, que no estaba más que entornada, de una casa de la callejuela Field, y le hizo entrar en un patio.