Oliver Twist
Oliver Twist Los años y la suciedad habían ennegrecido las paredes y el techo de la habitación. Delante de la chimenea, sobre una mesa desvencijada, derramaba turbios resplandores una vela introducida en el cuello de una botella de ginebra, junto a la cual se veían dos o tres cubiletes de estaño, manteca y un pan, así como también un plato. En una sartén puesta a la lumbre, se freían unas morcillas, a las que hacía guardia, tostadera en mano, un judío de cara arrugada y facha innoble y repulsiva, sobre la primera de las cuales caían espesos mechones de cerdas de un rojo sucio que la ocultaban en parte. Vestía una especie de túnica de franela cubierta de pringue, y al parecer dividía su atención entre la sartén y una percha de la cual pendían infinidad de pañuelos de seda. Varios lechos a cual más sucios, hechos de sacos viejos, aparecían alineados en la habitación, y sentados alrededor de una mesa, fumaban en pipas de yeso y bebían, como pudieran hacerlo hombres hechos y derechos, cuatro o cinco muchachos de la misma edad que el Truhán. Todos ellos se agruparon en torno del judío mientras éste escuchaba algunas palabras que en voz baja le dijo el Truhán, después de lo cual dieron media vuelta Y miraron con sonrisa burlona a Oliver, como lo hizo también el judío, tostadera en mano.
—Fajín —dijo Santiago Dawkins, le presentó a mi amigo Oliver Twist.