Oliver Twist
Oliver Twist —¡Ah! —exclamó el judÃo, encogiéndose de hombros y haciendo una, mueca espantosa—. ¡Son unos perros fieles esos muchachos, perros fieles! ¡Constantes hasta el fin! ¡El anciano sacerdote no ha conseguido arrancarles una palabra acerca de su paradero! ¡No han hecho traición al viejo FajÃn! Por supuesto… ¿qué hubieran salido ganando? No hubiesen aflojado el dogal ni conservado su posición un segundo más… ¡No, no, no! ¡Famosos muchachos… famosos, sÃ!
Haciendo a media voz estas y otras reflexiones semejantes, el judÃo volvió a colocar el reloj en la caja. Sucesivamente fue luego sacando de ella otros cinco o seis, que contempló con idéntico arrobamiento, tras los cuales aparecieron varias cadenas, sortijas, aderezos, brazaletes y, otras joyas, todas ellas de metales preciosos y trabajo tan artÃstico, qué dejaron atónito a Oliver, aunque, ni idea tenÃa de sus nombres.
Vueltos a colocar en la cajita todos aquellos objetos, el judÃo sacó otra tan pequeña, que cabÃa en la palma de su mano. Sobre la tapa de la cajita debÃa haber alguna inscripción microscópica, pues el judÃo la dejó sobre la mesa y, haciendo pantalla con sus manos, la estudió largo rato con atención. Dejóla al fin como desesperanzado de leer los diminutos caracteres, y arrellanándose en la silla murmuró: