Oliver Twist
Oliver Twist —¡Qué hermosa es la pena de muerte! Los muertos no se arrepienten jamás, los muertos nunca tienen el extraño capricho de venir a sacar a luz historias desagradables. Es la mayor de las garantÃas del comercio. Cinco de ellos quedaron en hilera entre el cielo y la tierra, y ninguno ha venido a reclamar su parte en el botÃn.
Diciendo esto, sus ojos, que parecÃan luciérnagas, perdidos hasta entonces en el vacÃo, vinieron a fijarse en Oliver. Este le estaba contemplando con mucha curiosidad, y aunque cerró los ojos no bien se vio descubierto por el judÃo, éste comprendió que habÃa sido acechado. Cerró de golpe la caja, empuñó un cuchillo que sobre la mesa habÃa, y se levantó furioso. Temblaba empero en tales términos, que hasta Oliver, no obstante la impresión de terror que le invadió, pudo ver que la hoja del cuchillo se movÃa temblorosa.
—¡Cómo se entiende! —gritó el judÃo—. ¿Por qué me acechas? ¿Por qué estás despierto? ¿Qué es lo que has visto? ¡Habla, muchacho! ¡Habla pronto, que te va en ello la vida!
—No me ha sido posible dormir más, señor —contestó con dulzura Oliver—. Siento muy de veras haberle molestado.
—¿Estabas despierto hace una hora? —preguntó el judÃo con fiereza.
—¡No, no, señor!