Oliver Twist

Oliver Twist

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Oliver pensaba en efecto que el viejo debía ser un avaro, cuando vivía en aquel lugar mísero siendo dueño de tantos relojes, pero creyendo que la protección que dispensaba al Truhán y a otros infelices debía costarle mucho dinero, miró al judío con respeto y le preguntó si podía levantarse.

—Sí, hijo mío, sí —respondió el judío—. Detrás de la puerta de casa encontrarás un cubo de agua. Tráelo aquí, y yo te daré una palangana para que te laves.

Bajó Oliver por el cubo, y cuando volvió a la habitación, la cajita había desaparecido.

No bien se lavó y tiró el agua por la ventana, siguiendo las instrucciones del judío, entró el Truhán acompañado por uno de los jóvenes a quien Oliver encontrara fumando la noche anterior, y que le había sido presentado con el nombre de Carlos Bates. Sentáronse los cuatro a la mesa, e hicieron honor al desayuno, compuesto de café, panecillos calientes y un poco de jamón que el Truhán había traído dentro de su sombrero.

—Vamos a ver —dijo el judío, mirando maliciosamente a Oliver y dirigiéndose al Truhán—. Supongo que no habréis pasado la mañana cruzados de brazos, ¿eh, hijos míos?

—Hemos trabajado de firme —contestó el Truhán.

—Como burros —terció Bates.


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