Oliver Twist
Oliver Twist Sobrevino un silencio prolongado. Todos los individuos de aquella asociación respetabilísima parecían embebidos en sus propias reflexiones, sin exceptuar el perro, el cual se lamía el hocico como estudiando la manera de probar la fuerza de sus colmillos en las pantorrillas del primer mortal que topara en la calle en cuanto saliera de casa.
—Es preciso que alguien vaya a informarse de lo que haya en el juzgado —dijo Sikes, con voz más baja de la que desde que llegó había empleado.
El judío hizo un gesto de aprobación.
—Si no ha movido la sin hueso, y le han encerrado ya en la cárcel, ningún peligro corremos hasta que lo suelten —añadió Sikes—. Habrá que estar sobre aviso para entonces, y sobre todo, amarrarle de alguna manera.
Nueva señal de aprobación del judío.
La conveniencia de adoptar la norma de conducta sugerida por Sikes saltaba a la vista, pero para traducirla en hechos, precisaba vencer obstáculos de consideración. Tanto el Truhán como Carlos Bates, lo mismo que Fajín y Guillermo Sikes, miraban con profunda antipatía a los jueces, antipatía extensiva a las salas en que aquéllos administraban justicia y hasta a sus inmediaciones.