Oliver Twist

Oliver Twist

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Es difícil predecir cuánto tiempo hubieran permanecido callados mirándose unos a otros reflejando indecisiones siempre desagradables. Verdad es que sería innecesario hacer conjeturas, pues la súbita llegada a escena de las dos señoritas que Oliver había tenido el honor de conocer anteriormente, dio nuevo pábulo a la interrumpida conversación.

—¡Feliz coincidencia! —exclamó el judío—. Belita irá; ¿verdad, querida?

—¿Adónde? —preguntó la interrogada.

—Al juzgado, querida —respondió con voz melosa el judío.

En honor a la verdad, debo decir que la joven no afirmó explícitamente que no iría, pues se limitó a expresar el deseo de ser ahorcada antes que visitar el lugar que se le indicaba; forma delicada de eludir el cumplimiento de un favor que se nos pide, que demuestra que Belita había recibido esa educación exquisita que nos impide causar a nuestros semejantes la pesadumbre consiguiente a las negativas expresas y formales.

Anublóse el semblante del judío, quien volviendo la espalda a Belita, ataviada con un vestido magnífico por no decir soberbio, de seda encarnada, y calzada con botitas verdes, se dirigió a su compañera.

—Y tú, querida Anita, ¿qué me dices? —preguntó el judío con dulzura exquisita.


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