Oliver Twist

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En consecuencia, después de haber ceñido alrededor de su cuerpo un delantal blanco y escondido los hermosos rizos de su cabeza bajo un modesto sombrero de paja, prendas sacadas del bien provisto guardarropa del judío, la señorita Anita se dispuso a lanzarse a la calle para desempeñar su cometido.

—Un momento, querida mía —dijo el judío, entregándole una cestita cubierta—. Lleva esto en la mano, y presentarás un aspecto más respetable.

—Dale una llave de buen tamaño para que la lleve en la otra mano —insinuó Sikes—. Así representará su papel más al natural.

—¡Sí, sí! —exclamó el judío, colgando de uno de los dedos de la mano derecha de la joven una llave mayúscula—. ¡Es verdad! ¡Magnífico, querida! ¡Estás admirable! —terminó, frotándose las manos.

—¡Oh, mi hermano querido! ¡Mi desgraciado, mi inocente, mi angelical hermanito! —exclamó Anita, vertiendo raudales de lágrimas, y apretando con mano convulsa la cesta y la llave, cual si se debatiera en las amargas agonías de la desesperación—. ¿Qué ha sido de mi pobrecito hermano? ¿Dónde le han llevado? ¡Oh, caballero! ¡Compadézcanse de mí, y díganme por piedad qué ha sido de mi hermanito! ¡Háganlo, caballeros, háganlo, por favor!


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