Oliver Twist
Oliver Twist Pronunciadas las palabras que quedan copiadas con voz lastimera entrecortada por los sollozos, con alegrÃa indecible de los que la escuchaban, Anita calló, hizo algunos guiños graciosÃsimos, se inclinó profundamente ante sus oyentes, y salió.
—¡Oh! ¡Es lista, amigos mÃos, lista como la que más! —exclamó el judÃo, volviéndose, hacia sus discÃpulos y moviendo la cabeza con gravedad, como para recomendarles que procurasen seguir el brillante ejemplo que la joven acababa de darles.
—Hace honor a su sexo —contestó Sikes, llenando otro vaso y descargando sobre la mesa un puñetazo terrible.
—¡Bebo a su salud, y hago votos porque su conducta tenga imitadores!
Mientras todos los presentes se esforzaban por prodigar encomios a Anita, ésta se encaminaba al juzgado de guardia, al cual no tardó en llegar sana y salva, aunque probablemente debió experimentar en el camino ese sentimiento de timidez natural común a todas las jóvenes que se encuentran solas y sin protección en la vÃa pública.
Entró en el juzgado de guardia por la parte trasera, encaminándose en derechura a una de las celdas cerradas, en cuya puerta llamó suavemente con la llave que en la mano llevaba.