Oliver Twist

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Escuchó; pero, como no contestaran, tosió, y volvió a esperar. Continuó el silencio en el interior de la celda, y entonces se decidió a hablar.

—¡Oliver… querido mío! —llamó Anita con voz dulce—. ¡Oliver! …

No había allí más que un mísero vagabundo, preso por haber cometido el horrendo crimen de tocar la flauta, Probada su culpabilidad, demostrada con plena evidencia la exactitud del acto delictivo perpetrado contra la sociedad, fue condenado por el justiciero señor Fang a un mes de prisión correccional. En la sentencia hizo constar el mencionado señor Fang el siguiente considerando, tan gracioso como apropiado al caso: «Considerando que el criminal disponía de tiempo sobrado, que dedicaba a tocar la flauta; considerando que este ejercicio es poco sano, y en cambio nada es tan, higiénico como el trabajo corporal, se entenderá que el mes de prisión correccional lleva como accesoria los trabajos forzados» Tal era, pues, el réprobo que ocupaba la celda a cuya puerta llamó Anita, el cual no contestó porque no tenía potencias ni sentidos más que para llorar mentalmente la pérdida de la flauta, confiscada en favor del Estado. Anita llamó en la puerta de la celda contigua.

—¿Quién va? —preguntó una voz débil y temblorosa.


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