Oliver Twist
Oliver Twist —¿Hay ahà encerrado un muchacho? —inquirió Anita, no sin que a guisa de preámbulo precediera a la pregunta el correspondiente sollozo.
—¡No! —respondió la voz—. ¡No lo permita Dios!
El que asà contestaba era un criminal peligroso de unos sesenta y cinco años de edad, a quien habÃan metido en la cárcel por no tocar la flauta… En otras palabras: por pedir limosna públicamente sin hacer cosa alguna para ganarse la vida.
Ocupaba la tercera celda un forajido que irÃa a presidio por vender jarros y cacerolas sin autorización, es decir, por trabajar para ganarse el sustento con menosprecio y perjuicio de la Hacienda Pública.
Como ninguno de los criminales mencionados respondÃa al nombre de Oliver, ni daba razón del muchacho, Anita abordó resueltamente al guardián de las barbas y del manojo de llaves, a quien conocen ya mis lectores, y a vuelta de mil suspiros y otros tantos sollozos, preguntó por su idolatrado hermanito.
—No está aquÃ, querida —contestó el interrogado.
—¿Dónde está, pues? —preguntó Anita, dando a sus palabras un tono desgarrador.
—Se lo llevó el caballero.
—¿Qué caballero? ¡Dios mÃo!.. ¿Pero qué caballero?