Oliver Twist

Oliver Twist

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—Si te hablo de esta suerte, hijo mío —continuó el señor Brownlow, con mayor dulzura en la voz—, es porque alienta en tu pecho un corazón joven, y sabiendo cuántos dolores, cuántas pesadumbres han herido el mío, evitarás con mayor cuidado enconar las heridas, no bien cerradas todavía. Dices que eres huérfano, y que no tienes un solo amigo en el mundo; y, en efecto, los informes que he logrado obtener son confirmación de tus palabras. Deseo conocer la historia de tu vida, saber de dónde has venido, quién te ha criado y educado, y cómo fuiste a dar con las personas en cuya compañía te encontré. Dime la verdad, y te aseguro que no te faltará un amigo mientras yo viva.

Agolpáronse los sollozos a la garganta del desdichado Oliver, impidiéndole hablar durante unos minutos. Cuando tranquilizado a medias, se disponía a narrar cómo fue criado en la sucursal del hospicio desde la cual pasó a la casa matriz, donde hubo de sufrir los tormentos consiguientes a la animosidad declarada del señor Bumble, sonó en la puerta de la calle un repique de aldabón movido por una mano impaciente, y momentos después entró en el despacho un criado anunciando la visita del señor Grimwig.

—¿Sube ya? —preguntó el señor Brownlow.

—Sí, señor —contestó el criado—. Preguntó si había en casa bizcochos, y cuando le contesté que sí, dijo que venía a tomar el té.


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