Oliver Twist
Oliver Twist Después de guardar el billete en el bolsillo y de colocar cuidadosamente los libros bajo el brazo, hizo Oliver una reverencia profunda y salió. La señora Bedwin le acompañó hasta la puerta de la calle, indicándole cuál era el camino más corto, el nombre del librero y el de la calle, indicaciones que Oliver manifestó haber entendido perfectamente, y después que le recomendó una y otra vez que se abrigara bien, dejóle marchar.
—¡Angelito! —exclamó la buena anciana, siguiendo a Oliver con la vista—. No puedo decir por qué, pero hubiera deseado que no saliera de casa.
El muchacho, que llegaba a la esquina volvió la cabeza y sonrió a la señora Bedwig antes de doblarla. Esta devolvió la sonrisa y, cerrando la puerta, subió a su habitación.
—Vamos a ver —dijo Brownlow, sacando el reloj del bolsillo y poniéndolo sobre la mesa—. Estará de vuelta dentro de veinte minutos a lo sumo: ya habrá anochecido entonces.
—¿Pero espera usted que vuelva? —preguntó Grimwig.
—¿Lo duda usted? —replicó Brownlow sonriendo.
El espÃritu de contradicción respiraba con fuerza en aquel momento en el pecho de Grimwig, pero aún le dio mayores proporciones la sonrisa de confianza de su amigo.