Oliver Twist

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Aquel hombre meditaba, parecía absorto en hondas preocupaciones; esto es indudable; pero en cambio ofrece dudas muy serias, tan serias que las dejo a la consideración del lector decidir si las meditaciones de aquel hombre eran de tal naturaleza que el movimiento de los ojos de un perro bastaba para interrumpirlas, o bien en sus operaciones discursivas influían tan poderosamente sus sentidos, que exigían aquéllas ir acompañadas de sendas patadas propinadas al inofensivo can. La causa podía ser una u otra; pero el efecto era el mismo: patadas y blasfemias descargadas simultáneamente.

Por regla general, no suelen vengar los perros las injurias que de sus amos reciben, pero el del distinguido señor Sikes, acaso por ser de genio tan irascible como su amo, acaso resentido en aquellos momentos por recientes detrimentos recibidos en su integridad perruna, es lo cierto que, perdidos todos los miramientos, hincó con rabia sus colmillos en la media bota de su amo. Tirada una dentellada soberbia, se retiró gruñendo, buscando debajo de un banco protección contra el jarro de metal que Sikes había lanzado sobre su cabeza.

—Te atreves a morderme, ¿eh? —gritó Sikes, abriendo con calma siniestra una navaja descomunal que sacó de uno de los bolsillos—. ¡Ven acá, demonio! ¿No oyes?


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