Oliver Twist
Oliver Twist El perro debía oír perfectamente, pues el señor Sikes hablaba con voz potente y había apelado al registro más alto, pero como el perro, por motivos que él se sabría, no estaba al parecer muy dispuesto a que le rebanasen la cabeza, permaneció donde estaba gruñendo con mayor fiereza que nunca, enseñando los colmillos y clavando su hermosa dentadura en las patas del banco.
La resistencia del animal no sirvió sino para exasperar más y más a Sikes, quien, poniéndose de rodillas, dio comienzo a un ataque formidable contra el perro. Saltaba el can de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, aullando, gruñendo y ladrando furioso. Sikes alternaba las puñaladas con las imprecaciones o simultaneaba las segundas con las primeras, y la contienda amenazaba tener un desenlace enojoso para uno de los dos contendientes, cuando se abrió bruscamente la puerta, y el perro huyó no menos bruscamente, dejando a Sikes con la navaja en la mano.
Dicen, y dicen bien, que para reñir precisa que haya dos contendientes. Si Guillermo Sikes hubiera quedado solo, la contienda hubiese terminado con la fuga del perro, pero como la puerta había sido abierta por alguien, con este alguien quiso Sikes desfogar su cólera.
—¿Quién demonios viene a interponerse entre mi perro y yo? —rugió Sikes, haciendo un gesto amenazador.