Oliver Twist
Oliver Twist —Ignoraba que estuviese usted ocupado, amigo mÃo… no lo sabÃa —contestó el judÃo FajÃn con humildad extraordinaria, pues FajÃn era quien acababa de entrar.
—¿Que no lo sabÃas, viejo ladrón? —tronó Sikes—. ¿No oÃste el estrépito?
—Nada he oÃdo: es tan cierto como lo digo, Guillermo.
—Puede que tengas razón, que no hayas oÃdo nada —replicó Sikes con sonrisa siniestra—; pero en cambio tienes habilidad bastante para meterte en todas partes sin que nadie te oiga. Hubiera querido que fueras mi perro hace un minuto, FajÃn.
—¿Por qué? —preguntó el judÃo, riendo con risa forzada.
—Porque el Gobierno, que protege las vidas de miserables como tú, consiente que un hombre mate a cuantos perros le venga en gana: ya lo sabes —replicó Sikes cerrando la navaja.
El judÃo tomó asiento frente a la mesa, y frotándose las manos, aparentó reÃr los chistes de su interlocutor, aunque lo cierto es que no estaba muy a su gusto en su compañÃa.