Oliver Twist
Oliver Twist Sikes se limitó a extender la mano hacia el jarro vacío. El judío, comprendiendo perfectamente la señal, salió para llenarlo de nuevo, no sin cambiar antes una mirada extraña con Fajín, quien alzó los ojos durante una fracción de segundo como si de antemano supiera que su compatriota había de mirarle, e hizo al propio tiempo un movimiento de cabeza tan imperceptible, que seguramente hubiera pasado inadvertido a cualquiera que estuviese observando. No reparó en ello Sikes, ocupado entonces en arreglar el lazo de uno de sus zapatos destrozado por el perro. Es más que probable que de haber reparado en aquel cambio de señales, no hubiera augurado nada bueno.
—¿Quién hay por aquí, Barney? —preguntó Fajín sin alzar los ojos del suelo, pues sabía que Sikes le observaba.
—Ni un alma —respondió Barney, cuyas palabras ignoramos si partían del corazón o de otra parte, pero desde luego aseguramos que salían por la nariz.
—¿Nadie? —preguntó Fajín con expresión de sorpresa, que acaso iba encaminada a indicar a Barney que podía decir la verdad.
—Nadie más que la señorita Anita —contestó Barney.
—¡Anita! —exclamó Sikes—. ¿Dónde está? ¡Ciegue yo ahora mismo si no rindo a esa joven el honor a que sus talentos naturales la hacen acreedora!