Oliver Twist

Oliver Twist

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Por toda contestación, la joven que estrechaba a Oliver entre sus brazos, joven que llevaba en una mano una cesta y en la otra una llave descomunal, dejó escapar de sus labios un verdadero diluvio de lamentaciones y quejas, pero a grito herido.

—¡Oh! ¡Gracias, Dios mío! —gritaba—. ¡Le encontré al fin! ¡Oh, Oliver… Oliver! ¡Qué de sufrimientos, qué de agonías por tu culpa, cruel! ¡Vamos a casa, querido, vamos a casa! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué felicidad haberle encontrado! ¡Gracias, Dios mío, gracias!

Lanzadas al viento las exclamaciones que dejo copiadas, y otras que no copiaré, tan incoherentes como las primeras, la joven continuó alternando los gritos con los suspiros y acabó por ser presa de tan violento ataque de nervios, que dos mujeres de las que habían acudido a los gritos se creyeron en el caso de preguntar al mozo de un tablajero, cuya cabellera hirsuta y crespa rezumaba el sebo con que su propietario solía frotarla, si no sería mejor que permanecer allí como un pasmarote correr en busca de un médico, a lo que contestó el de la cabeza sebosa, más aficionado por lo visto a mirar que a correr, que a su juicio no eran necesarios los auxilios de la ciencia médica.


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