Oliver Twist
Oliver Twist Mientras en la taberna tenía lugar la escena que dejo descrita, Oliver Twist, sin soñar siquiera que pudiera estar tan cerca como estaba del judío de las marrullerías, se encaminaba a buen paso a la tienda del librero. Al llegar a Clerkenwell, tomó, sin darse cuenta, una calle que no debió tomar, pero como no se percató de su equivocación hasta que había recorrido la mitad de la misma, y supuso por otra parte que apenas si le alejaba de la dirección exacta, consideró inútil retroceder y prosiguió avanzando con toda la ligereza posible, con el paquete de los libros bajo el brazo.
Andaba contento, pensando en el bienestar que su nueva situación le proporcionaba y en el placer que le proporcionaría ver al pobre Ricardito, quien probablemente en aquel momento mismo estaría muerto de hambre y molido a palos llorando con amargura, cuando disipó estas meditaciones el grito de una joven, que exclamó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Hermano querido!
Sin que Oliver tuviera tiempo de alzar los ojos, se encontró preso entre dos brazos que rodearon su cuello.
—¡Déjeme usted! —dijo Oliver, pugnando por desprenderse—. ¿Quién es usted? ¿Por qué me detiene?