Oliver Twist
Oliver Twist El buen Carlos Bates en su explosión de alegrÃa, cayó por el suelo, donde permaneció más de cinco minutos revolcándose o pateando. Después, poniéndose en pie de un salto, arrancó el palo de las manos del Truhán y, aproximándose a Oliver, le examinó por delante y por detrás mientras el judÃo, gorro de dormir en mano, hacÃa mil y mil cómicas reverencias ante el desconcertado Oliver. El Truhán, en cambio, de carácter más melancólico que su compañero, poco propenso a la risa cuando ésta podÃa entorpecer los negocios, registraba mientras los bolsillos de Oliver con limpieza y asiduidad ejemplares.
—¡Hay que ver sus trapos, FajÃn! —decÃa Bates, acercando tanto la vela a la ropa de Oliver que amenazaba prenderle fuego. ¡Hay que ver sus trapos… tela de lo más rico y divinamente cosidos! ¿Pues y sus zapatos? ¡Nada, nada! ¡Un caballerito completo! ¡Si hasta lleva libros!…
—Me encanta verte en estado tan próspero, querido —dijo el judÃo, haciéndole reverencias burlescas—. El Truhán te dará otro vestido a fin de que no estropees éste, que debes guardar para los dÃas de fiesta. ¿Cómo no has escrito dos lÃneas, querido, anunciando tu llegada? Te habrÃamos preparado un banquete opÃparo.