Oliver Twist
Oliver Twist Bates se entregó a otro acceso de risa tan violento, que hasta FajÃn perdió su seriedad y el Truhán se dignó sonreÃr. Verdad es que como en aquel momento preciso sacaba este último el billete de cinco libras del bolsillo del desventrado Oliver, cabe dudar si fue la risa de su camarada o el hallazgo del dinero lo que despertó su alegrÃa.
—¡Hola! ¿Qué es eso? —preguntó Sikes, dando un paso rápido al frente al ver que el judÃo se apoderaba del billete—. Eso es mÃo, FajÃn.
—¡No, no, amigo mÃo! —replicó el judÃo—. Es mÃo. Guillermo, mÃo; usted se quedará con los libros.
—Si te atreves a decir que eso no es mÃo… mÃo y de Anita, quiero decir, me vuelvo con el muchacho —gritó Sikes, encasquetándose el sombrero con ademán resuelto.
Estremecióse el judÃo, y Oliver se estremeció también, mas el motivo del estremecimiento no fue el mismo para los dos. Tembló el judÃo de ira porque vio perdido el billete, y tembló Oliver de alegrÃa, porque creyó que el desenlace de la contienda serÃa su libertad.
—¡Vaya! —repuso Sikes—. ¿Me entregas eso? ¿SÃ, o no?
—No es justo, Guillermo… ¿Verdad que no es justo, Anita? —preguntó el judÃo.