Oliver Twist
Oliver Twist —Eso ya lo sabÃa yo cuando le cogà en Clerkenwell con los libros debajo del brazo —dijo Sikes—. La cosa no sale mal. Las personas que le recogieron deben ser unos sacristanes cándidos, de corazón de cera pues no le hubieran atendido en caso contrario. Tampoco se tomarán el trabajo de buscarle a fin de evitarse la crueldad de tener que denunciarlo por ladrón; por tanto, bien seguro le tenemos aquÃ.
Mientras se cruzaban las palabras anteriores, Oliver paseaba sus miradas atónitas de uno a otro de los interlocutores, aturdido, espantado, y sin darse cuenta cabal de su situación; pero no bien terminó su discurso Sikes, levantóse el muchacho de un salto y salió precipitado de la habitación, gritando con todas sus fuerzas en demanda de socorro. Sus gritos resonaban por todos los ámbitos de aquella casa en ruinas.
—¡No dejes salir al perro, Guillermo! —gritó Anita, colocándose delante de la puerta al ver que el judÃo y Sikes pretendÃan salir en persecución de Oliver—. ¡No le dejes salir, que va a destrozar a ese infeliz!
—¡Es lo que merece! —aulló Sikes, debatiéndose para desembarazarse de la joven—. ¡Fuera de ahÃ, o te estrello la cabeza contra la pared!