Oliver Twist
Oliver Twist —¡No me importa, Guillermo, no me importa! —replicó la muchacha, luchando vigorosamente con el ladrón—. Para que el perro destroce entre sus dientes al muchacho, será preciso que antes me mates a mÃ.
—SÃ, ¿eh? —rugió Sikes, rechinando los dientes—. ¡Pronto verás cumplido tu deseo como no dejes el paso franco!
Y diciendo esto, aquel canalla lanzó a la joven contra la pared opuesta, en el momento preciso que volvÃa el judÃo con los dos pilletes que traÃan arrastrando a Oliver.
—¿Qué pasa aquÃ? —preguntó FajÃn.
—¡Nada! ¡Que ésa se ha vuelto loca!
—¡No, no me he vuelto loca! —contestó la Joven—. ¡No lo crea usted, FajÃn!
—Pues si no estás loca, cállate; hazme el favor —dijo el judÃo con aire de amenaza.
—Ni estoy loca ni quiero callar —gritó la muchacha alzando mucho la voz—. ¿Tiene usted algo que objetar?
El ladino FajÃn conocedor perfecto de los usos y costumbres de la rama especial humana a la que Anita pertenecÃa, creyó un poquito peligroso prolongar la conversación en aquel momento psicológico, y, en consecuencia, deseando desviar la atención, se volvió hacia Oliver.