Oliver Twist
Oliver Twist —Esos libros —contestó Oliver, juntando las manos en actitud suplicante— son del anciano excelente, del caballero compasivo que me recogió en su casa y que me cuidó y, atendió cuando yo morÃa como consecuencia de una fiebre violenta. ¡Por Dios santo, por lo que más quieran ustedes en el mundo, devuélvanselos juntamente con el dinero! ¡Reténganme aquà preso toda la vida, pero por compasión, devuélvanle lo que es suyo! ¡Creerá que le he robado, y la anciana que con solicitud tan tierna me atendió, y todos los de la casa, me tendrán por ladrón ¡Compadézcanse de mÃ, y devuelvan los libros y el billete!
Diciendo esto con la energÃa que da a veces el dolor exacerbado, Oliver cayó de rodillas a los pies del judÃo retorciéndose las manos en un acceso de desesperación.
—El muchacho tiene razón —contestó el judÃo enarcando las cejas—. Estás en lo cierto, Oliver. Creerán que los has robado. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡No saldrÃa todo tan a pedir de boca si yo mismo lo hubiese preparado! —terminó, frotándose las manos de gusto.