Oliver Twist

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Calló la joven; pero, presa de un frenesí rabioso, cerró contra el judío con violencia incontrastable, y seguramente hubiera dejado en su cuerpo señales perdurables, de no haberla agarrado Sikes, por las muñecas impidiéndole moverse. Anita, reducida a la impotencia, se desmayó.

—Ahora está bien —observó Sikes, dejándola tendida en un rincón—. No sabes la fuerza que tiene cuando se enoja, Fajín.

Secóse Fajín la frente inundada de sudor y sonrió complacido. La terminación de la escena, su poquito movida, no pudo menos de producirle satisfacción, aunque a decir verdad ni él, ni Sikes, ni los muchachos daban importancia a incidentes como el pasado, demasiado frecuentes en la casa.

—No hay cosa peor que tener que tratar con mujeres —observó Fajín—. El demonio sin duda fue quien las puso en el mundo; pero son tan astutas, que estoy por decir que liada podríamos hacer sin ellas los hombres… ¡Bates! Acompaña Oliver a su cama.

—Supongo que mañana no deberá ponerse el traje de señorito acomodado, ¿verdad, Fajín? —preguntó Carlos Bates.

—No, no —contestó el judío, devolviendo el guiño con que Bates acompañó su pregunta.


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