Oliver Twist
Oliver Twist El caballero en cuestión, a quien el Truhán llamó Tomás Chitling, era de más edad que aquél, pues probablemente habría visto dieciocho inviernos, pero esto no obstante, trataba a su compañero con una deferencia especial que parecía indicar que se reconocía un poquito inferior a él en punto a genio y destreza en el ejercicio de su profesión. Sus ojos, que guiñaba sin cesar, eran pequeñitos y en su rostro se destacaban las señales de la viruela. Un gorra de piel, una chaqueta de pana de color aceituna y unos calzones de lo mismo, pero rotos y cubiertos de grasa, y un delantal, componían su indumentaria. A decir verdad, su ropa pedía a grito herido pasar al montón de la basura, pero el joven se excusó diciendo que, como no hacía más que una hora había salido de la cárcel, donde le habían obligado a vestir de etiqueta durante seis semanas habíale faltado tiempo para ocuparse de su guardarropa. Añadió el buen señor Chitling, con grandes muestras de irritación, que el nuevo sistema de fumigación de ropas empleado en la cárcel era infernalmente anticonstitucional, pues las quemaba y llenaba de agujeros contra los cuales no conocía remedio. Habló también enérgicamente contra la odiosa medida de cortar el cabello a sus Pupilos, disposición que calificó de escandalosamente ilegal, y puso fin a su discurso asegurando que en cuarenta y dos mortales días no había entrado en su cuerpo una sola gota de licor y que tenía el gaznate más seco que un horno.